Buscá la Luz

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Buscá la Luz

Mensaje  buscalaluz el Lun Feb 27, 2012 11:48 pm

Hola, hace unos meses que estoy trabajando en este proyecto y me gustaría compartirlo con ustedes. Se trata de una producción literaria basada en la telenovela de Cris Morena "Rincón de Luz".

Mi trabajo se llama "Buscá la luz". Les dejo una pequeña sinopsis:

Álvaro Del Solar es un joven adinerado que nunca le importó nada más que satisfacer sus placeres, pero cuando su abuela decide repartir su herencia en vida, éste se ve forzado a fundar un hogar de niños huérfanos, o de lo contrario su parte de la herencia será entregada a quien es su enemigo desde la infancia. Cansado de tener que lidiar con chicos acostumbrados a no recibir órdenes de nadie, contrata a una celadora, Mencha, para hacerse cargo de ellos. Lo que no sabe es que esta mujer muestra una falsa identidad, y en realidad es Soledad, otra de sus peores enemigas. A pesar de ser tan misteriosa y reservada, Mencha parece ser la única persona que realmente se preocupa por los huérfanos, por lo cual se gana su respeto y cariño incondicional. Todo cambia cuando en la casa donde están viviendo comienzan a suceder cosas extrañas, y los chicos descubren un secreto horrible que se esconde en ella, sumado a los problemas diarios con los que tienen que enfrentarse. Éstos chicos deberán enfrentar el misterio del hogar, y descubrir así que mediante la unidad nada es imposible, que solo se necesita buscar la luz para poder espantar la oscuridad.



Es la primera vez que comparto esto, y de hecho también es la primera vez que comparto textos de mi propia autoría, así que espero que les guste

Les dejo el primer capítulo:


Capítulo 01: El accidente

Lo primero que hay que saber sobre Álvaro Del Solar es que él nunca se creyó capaz hacer lo que hizo. En sus 25 años de vida solo se dedicó a ir a las mejores fiestas del mundo, acostarse con las mejores mujeres, consumir todo tipo de sustancias, y pasarla bien con sus inseparables amigos Tobías y Javier. Lo único que lograba motivar a este joven de pelo rizado castaño y ojos claros, era el dinero; y así fue, por eso es que decidió darse a sí mismo un descanso de sus permanentes vacaciones en Europa –que generalmente le ocupaban por lo menos 300 días al año— después de recibir un e-mail desde Argentina anunciándole que su abuela Victoria Del Solar, una reconocida y adinerada empresaria que ya estaba planteándose la jubilación, tenía planeado entregar su herencia en vida entre todos sus nietos.
Álvaro Del Solar era un joven atractivo y carismático que se tomaba la vida muy a la ligera. Tan adinerado como consentido, Álvaro no se limitaba en deleitar cada uno de sus caprichos; pero por desgracia para él y sus amigos Tobías y Javier, ese dinero estaba agotándose y era necesario adquirir más, pero sin trabajar. ¡Por supuesto que sin trabajar! Álvaro provenía de una familia de clase alta, ¿Cómo iba a trabajar alguien así? “Sería un pecado que una familia rica no tenga por lo menos alguien que disfrute la vida” solía decir él. Sus amigos lo apoyaban a pesar de saber que eso era una tontería, probablemente porque ellos disfrutaban de su riqueza casi tanto como él; quizás ese también sea el motivo por el cual nunca podían negarse a ninguna de sus peticiones: sentían que estaban en deuda y tenían que compensar su generosidad.
Lamentablemente, nada era tan fácil como parecía: al llegar a Argentina, más precisamente a la casa –que más que casa parecía una mansión— de su abuela, ubicada junto a la playa más vistosa de Mar del Plata, las cosas no fueron precisamente bien. Para empezar, una vez que el mayordomo los hizo pasar a los tres, en la reunión familiar para hablar sobre la herencia no había nadie “¿Habrá decidido que yo sea el único heredero?” pensó Álvaro. ¡Qué iluso! De repente, mientras estaban parados en el vestíbulo de su abuela fantaseando qué iban a hacer con todo el dinero que iba a adquirir Álvaro, una figura femenina imponente lo interrumpió con su presencia. Era una mujer de su misma estatura, con un cabello castaño muy bien cuidado y un traje formal que –junto con sus pasos firmes y seguros— disimulaban casi por accidente su avanzada edad: era Victoria Del Solar, su abuela.
—¡Abuela! ¡Qué gusto verte! ¡Pero qué linda que estás! ¡Parecés una modelo!— dijo Álvaro efusivamente mientras besaba su mejilla, intentando disimular su apuro por recibir el dinero y volver inmediatamente a su loca vida de descontrol en Europa.
—¡Muchas gracias, Álvaro! ¡Veo que por fin te decidiste a visitarme! ¿Cuánto tiempo pasó desde la última vez? Me alegra mucho que vinieras— respondió ella como saludo.
Álvaro hizo caso omiso a la casual pregunta de su abuela, y no pudo evitar responderle con lo que en verdad quería saber. —¿Dónde están todos los demás? ¿Llegué tarde?—. Otra de las cosas que destacaban a Álvaro eran su gran talento para ser impuntual y el nunca darse cuenta de ello hasta que alguien más se lo hacía notar, aunque esperaba que en este caso no haya sido así.
—No te preocupes, Álvaro. Increíblemente llegaste justo a tiempo esta vez, definitivamente mucho antes de lo que esperaba. Te cité en una fecha diferente a los demás porque quería decirte algo a solas y personalmente con respecto a la herencia— dijo firmemente Victoria –vení, pasá a mi oficina, tus amigos pueden esperar acá— añadió, e inmediatamente ambos subieron por una escalera de mármol y cruzaron una puerta de madera muy amplia.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que Álvaro había pisado ese cuarto. Era amplio y armonioso. Tenía un ventanal gigante con una vista espléndida hacia el mar, un escritorio con una computadora y varios papeles encima, un sillón oscuro, una estantería llena de libros, y varios cuadros pintados al óleo donde se podían ver varios paisajes marplatenses trabajados con una técnica impresionista.
–Sentate— le ordenó cortésmente a Álvaro y luego de una pausa añadió –Mirá Álvaro, no sé si te habrás enterado ya que perdiste contacto con la mayoría de nosotros, pero dentro de poco se casa María Julia con Juan Ignacio, y eso me hizo replantearme muchas cosas…
María Julia era la hija de Victoria, y por lo tanto la tía de Álvaro. Estaba ya casi entrando en sus cuarenta años, y durante toda su vida había tenido problemas con los hombres ya que no era lo más atractiva del mundo: tenía pelo negro rizado, nariz puntiaguda, un carácter insoportable, y la gente decía que estaba un poco loca. Todos en su familia creían que iba a morir soltera, por lo tanto se sorprendieron mucho cuando ella anunció su casamiento, y más porque el hombre con quien iba a casarse –además de ser el archienemigo de Álvaro desde la infancia— era un hombre mezquino, joven, y ambicioso. Tenía veintiocho años, y todos creían que estaba con María Julia solo por su dinero. Todos, menos ella y su madre, claro.
—¿Qué cosas?— preguntó temeroso Álvaro
—Mirá, Juan Ignacio es un hombre muy íntegro; trabajó toda su vida para conseguir lo que tiene, y aparentemente está muy enamorado de María Julia. Mientras tanto, vos apenas terminaste el secundario, y desde que lo hiciste te dedicás a viajar por el mundo durante lapsos de tiempo indefinidos sin molestarte siquiera en realizar un llamado telefónico para decirnos cómo estás. No tuviste un solo trabajo en tu vida. Y lo que hiciste con la casa que te di para que vendieras hace un año… ¡Ni siquiera fue alguien a verla! ¡La abandonaste completamente! Siento que no estás preparado para manejar una suma tan grande de dinero, y por lo tanto… decidí que voy a darle tu parte de la herencia a Juan Ignacio.
De repente, el mundo de Álvaro se detuvo por un segundo. ¿Había venido desde Europa solo para escuchar que le iban a dar su parte de la herencia a la persona que más odiaba? ¿Era una especie de manipulación para obligarlo también a asistir a la boda de su tía? —¿Qué? ¿Es una broma? ¡Abuela, por favor! ¡Soy tu nieto! ¡Él ni siquiera tiene un lazo de sangre con vos! –le suplicó Álvaro— Está bien, admito que probablemente abusé de los placeres de la vida un poco, y que colgué con la casa, pero… ¡Yo cambié! En todos estos años en Europa maduré mucho— dijo él tan desesperadamente que es posible que hasta la persona más ingenua del mundo hubiera sido capaz de saber que estaba mintiendo.
—¿Cambiar? ¿Cómo? ¿Por arte de magia?— soltó una risa que hizo creer a Álvaro que estaba burlándose de él.
—¡De verdad, abuela! ¡Yo te lo puedo demostrar! ¡Te juro que soy un hombre nuevo! ¡Si supieras todo lo que estoy haciendo no me lo creerías!
–Mirá, Álvaro…— le dijo su abuela –realmente no tengo tiempo que perder. Mi hija se casa en dos días y tengo que ayudarla con los preparativos, va a ser mejor que te vayas. Ya te dije lo que tenía que decirte.
Cuando Álvaro volvió a su auto último modelo con sus dos mejores amigos para dirigirse al hotel donde estaban hospedándose, no podía creer todavía lo que su abuela acababa de decirle. Tenía que hacerle creer de alguna manera que él se había convertido en una persona diferente, pero… ¿Cómo?
Para fortuna y desgracia suya, la solución iba a cruzársele pronto, muy pronto. Iba a hacer algo que jamás pensó que iba a hacer, iba a termina de una manera que jamás creía que iba a terminar. Su vida estaba a punto de cambiar para siempre.


Era 5 de enero por la tarde, día anterior a los Reyes Magos. Seis chicos de la calle estaban recorriendo las jugueterías de la ciudad mientras miraban tristemente los juguetes, con la esperanza de que alguien se compadezca y decida regalarles alguno que puedan compartir. El grupo estaba compuesto por cuatro chicos y dos chicas.
Ellas eran Tali –una chica un poco prepotente y caprichosa, de 12 años y pelo castaño, que siempre tenía armada una gran coleta que sobresalía más de lo que la mayoría quisiera—, y Carola –una chica pálida, de 12 años, pelo castaño oscuro, amante del baile. Solía tener buen humor, ser agradable con todos, y un corazón enorme.—. Carola nunca había conocido a sus padres, vivía en una vivienda ocupada ubicada en Buenos Aires, junto con otras personas en situación de calle. Dos de ellos eran sus hermanastros, quienes abusaban de ella. Tali, también residente de esa casa ocupada, descubre un día lo que sus hermanastros hacían a Carola y es amenazada de muerte por ellos para no decir nada; asustada decide huir con Carola a Mar del Plata, y ganarse la vida bailando en las calles.
Ellos eran Lucas –el más alto de los tres, de 13 años, rubio, líder natural, siempre dirigía a todos, al menos hasta que llegó Coco, un chico con quien no se llevaba mal, pero parecía ser el único que no se dejaba dominar totalmente por Lucas—, Julián –el mejor amigo de Lucas, 13 años, de estatura un poco menor que él, pelo castaño, atractivo, y con una mirada encantadora y una sonrisa que podría acelerar la respiración de cualquier chica de no ser porque su ropa y su higiene estaban terriblemente descuidados—, Mateo –el menor de ellos, de 6 años, rubio, y siempre lleno de energía—, y Coco –un chico de 11 años, pálido, misterioso, con pelo oscuro, y una voz chillona que aturdía a todos. Siempre tenía puesta una gorra que le tapaba la mayor parte de la cara—. A diferencia de Coco, de quien no sabían casi nada y habían conocido hace no mucho tiempo, los tres primeros habían sido mejores amigos casi desde que podían recordar ya que compartían un mismo dolor: eran huérfanos.
¿Cómo fue que estos dos grupos de amigos terminaron viviendo juntos? Bueno, es una historia un poco curiosa que deja en evidencia cómo todo mal viene por un bien. Una tarde hace un año atrás, Lucas, Julián, y Mateo habían roto accidentalmente el equipo de música que Tali y Carola usaban para sus presentaciones callejeras, y por lo tanto se vieron forzados a vivir juntos bajo un pequeño puente en la costa de la ciudad hasta que ellos paguen su deuda mendigando. Con el tiempo se fueron acostumbrando tanto a estar juntos que ni siquiera recordaban por qué lo hacían, solo sabían que —a pesar de algunas peleas— no querían separarse nunca, o al menos no por ahora.
En cuanto a Coco, era un chico muy reservado y un poco gruñón. Lo único que sabían de él era que vivía con una mujer hasta que se escapó, pero nunca dijo por qué. Vivía bajo el puente desde antes que el resto de los chicos, pero se sentía solo así que les ofreció que vivan con él cuando escuchó la discusión el día del incidente del reproductor de música.
Todos ellos eran huérfanos; algunos tuvieron la suerte de no conocer nunca a sus padres, otros sufrieron el abandono. Trataban de no pensar demasiado en eso, aunque les resultaba difícil evitarlo. El dolor los unía.
Ya eran las cuatro de la tarde y estaban cansados; habían pasado todo el día caminando y deseando juguetes –entre otras cosas que les ofrecía la ciudad, pero no podían permitirse recibir—.
Lucas y Julián no pudieron evitar notar la tristeza de Mateo por no recibir nada el día de Reyes. Él era casi como un hermano menor para ellos, no podían soportar verlo así. Se alejaron un poco del grupo y debatieron al respecto susurrando.
—Tenemos que comprarle algo a Mateo, pobrecito, es muy chico…— dijo Lucas
—No podemos, Lucas. La poca plata que tenemos apenas nos alcanza para cenar mate cocido hoy, con suerte.— respondió Julián
—Pero no te preocupes por eso, Julián. ¿Qué nos va a hacer no comer un día? Estamos acostumbrados
—Igual, Lucas, aunque no comamos hoy, la plata no nos alcanza para comprarle un juguete… yo también quiero ver a Mateo feliz, —hizo una pausa— pero tenemos que aceptar la realidad.
Lucas se quedó pensativo por unos segundos como teniendo un debate interno entre si debía o no decir lo que estaba a punto de largar. –Tenemos que hacer lo del accidente— dijo finalmente.
—¿Qué? ¿Lo del accidente? ¡No, Lucas! ¡Es muy arriesgado! ¡¿Estás loco?! ¡Nos llegan a pescar y vamos a parar directo a un orfanato! ¡Tenemos que pasar lo más desapercibido posible!— objetó Julián
—Pero dale, no seas cobarde. Además, nos está saliendo cada vez mejor.
—No, Lucas. Prometimos no volver a hacer eso nunca. ¿No te acordás lo que pasó la última vez? ¡Casi nos agarran!— respondió Julián alterado y asustado.
—Dale Julián, ¿Somos amigos? Tenemos que hacer esto juntos. Te prometo que esta es la última vez… por favor, hacelo por Mateo. –Lucas miró a Julián a los ojos— ¿O no te animás? No seas maricón.
Por algún motivo, esas palabras fueron suficientes para hacer cambiar de idea a Julián: no pudo negarse. Accedió a hacer por última vez “lo del accidente”. A lo mejor era por el gran poder de convencer a la gente que tenía Lucas, o el hecho de que había sido su mejor amigo y lo había protegido todos estos años. O quizás era algo más.
Media hora más tarde, después de convencer a las chicas, a Coco, y a Mateo de que se unan a su plan, todos caminaron hacia una calle no tan transitada de la ciudad, listos para entrar en acción con el siguiente auto que pase.
Su víctima estaba acercándose. Era un auto gris último modelo que venía a una velocidad un poco excesiva. Lucas supo reconocer la excelente oportunidad al instante y no duró en tirarse encima del auto cuando éste cruzó frente a él.
El auto frenó de golpe y las tres personas dentro bajaron rápidamente. Eran tres jóvenes. Carola reconoció a uno de ellos de las revistas: era Álvaro Del Solar.
—¡Nene! ¡¿De dónde saliste?! ¡¿Estás bien?!— gritó desesperadamente Álvaro mientras él junto a Tobías y Javier se acercaban al cuerpo de Lucas tumbado en el suelo. Julián, Mateo, Tali, Carola, y Coco, decidieron acercarse fingiendo desesperación.
—¡Auch! ¡No se preocupe, señor! ¡Estoy bien! Ayúdenme a levantarme, chicos.— les dijo Lucas a sus amigos. Inmediatamente ellos lo tomaron de los brazos para ponerlo de pie… sí, de un solo pie. –¡Ay! ¡Mi pie izquierdo!— gritó Lucas. Julián recordaba perfectamente su línea—: ¡No puede ser, Lucas! ¡Tenés que bailar hoy para el cumpleaños de la abuelita que nos da de comer! Estuvimos ensayándolo un montón y se lo prometimos, se va a desilusionar mucho si no bailás…— dejó pasar unos segundos —¡Ya sé! ¡Vamos a comprarle un regalo que le guste diez veces más que lo que le habíamos preparado!—
—¿Y con qué plata? ¡No tenemos nada, somos huérfanos!— dijo sonoramente Lucas, lo suficientemente alto como para que Álvaro se percate de que era una especie de indirecta. Le echó una mirada.
—Eh, nene, yo vengo del extranjero y no tengo plata argentina; pero si me esperás acá, en un rato vengo y te traigo algo.— dijo Álvaro.
—¿Esperar? ¡No puedo, no tenemos tiempo! El cumpleaños es hoy y tenemos que comprarle el regalo rápido. Te acompañamos en el auto a que vayas a buscar la plata— dijo Lucas, y antes de que Álvaro pudiera reaccionar, los chicos ya estaban todos sentados en su auto.
—Para ser chicos que pasan hambre son bastante rápidos… sobre todo teniendo en cuenta que se suponía que uno de ellos tenía mal un pie. Notó el fraude, pero decidió alimentar sus pretensiones egoístas: “¿Se emocionará un poco mi abuela si le pido algo de plata para ellos? Espero que no le comenten lo del accidente”— pensó Álvaro. —¡Bueno, me acompañan y les doy algo de plata pero listo! ¡Después no nos vemos más la cara y no me molestan más! ¡Y vos nene fijate cómo cruzás la calle que tuviste suerte de salir solamente con un dolor de pierna! Tobías, Javier, no entramos todos en el auto. Quédense acá que les doy algo de plata a estos chicos y vuelvo a buscarlos para ir al hotel.
—¡Pero, Álvaro…! ¿Cómo nos vas a dejar acá? ¿Estás loco?— dijo quejándose Javier.
—¡Sí, Álvaro! ¡Llevanos primero y después les das la plata a estos chicos!— agregó Tobías.
—¡No sean exagerados! Me quiero sacar a estos mocosos de encima, espérenme unos minutos.— respondió Álvaro al mismo tiempo que daba la vuelta con el auto para dirigirse a la casa de su abuela.
—¡Álvaro, no!... ¡Pero volvé, no te olvides!— gritó Javier mientras Álvaro se iba alejando en su auto último modelo lleno de huérfanos.
Unos minutos más tarde, Victoria Del Solar –la abuela de Álvaro— había hecho pasar a los chicos al vestíbulo y los dejó bajo la supervisión del mayordomo mientras Álvaro les ordenaba no hacer un solo movimiento ni ruido hasta que él vuelva. Ambos se dirigieron a su oficina nuevamente.
—Mirá, abuela… ya sé que estás ocupada con los preparativos de la boda de María Julia, pero tengo que…— empezó a decir Álvaro, pero su abuela lo interrumpió—: Álvaro, ¿Qué es todo esto? ¿Por qué no me habías dicho que te interesaba ayudar a los huérfanos? Estaba tan enojada por tu comportamiento… esto podría haberme hecho pensar las cosas un poco diferente.
El corazón de Álvaro se paró por un instante. Sintió como le volvía el alma al cuerpo. ¿Significa que su abuela iba a darle su herencia completa y lo iba a perdonar, no solo por su desinterés en la casa que le había dado hace un año, sino también por su conducta irresponsable de toda su vida? De repente se le ocurrió la mejor idea que pudo haber tenido, o al menos eso creía. Si le hacía creer a su abuela que le interesaba la solidaridad, esto podría solucionar sus problemas. –Sí, de hecho… hay algo que tengo que confesarte… no te enojes, pero los estoy hospedando en la casa que me diste para que venda hace un año, por eso nunca la vendí… tengo un hogar de niños huérfanos.— dijo finalmente. ¿De verdad había dicho eso? ¿No era una mentira excesivamente mala?
Su abuela se sorprendió mucho y no se molestó en disimularlo. Por un momento se quedó helada. —¿En serio?...— dijo finalmente. Hizo un segundo de silencio y luego agregó—: Bueno, eso cambia bastante las cosas… Tengo que admitir que no lo veía venir. Es decir, me molesta un poco que no me hayas consultado antes, pero… —hizo una pausa— de todos modos me enorgullece mucho que hayas hecho algo así… Es más, quiero ir a conocer ese hogar. Ahora estoy muy ocupada con los preparativos de la boda, pero uno de estos días voy a ir a visitarlos. Estoy ansiosa de conocerlos a todos y el lugar donde conviven.
Álvaro sintió derrumbarse todo nuevamente. ¿Cómo iba a probar sus palabras? No había habido nadie en esa casa horrible desde que su abuela le pidió que la vendiera.
—Buenísimo, a los chicos les va a encantar que vayas a visitarlos— dijo finalmente Álvaro, más preocupado todavía de lo que había estado antes del accidente.
Mientras tanto, en planta baja, los chicos estaban en el vestíbulo bajo la supervisión del mayordomo.
—¡Uy! ¡¿Cuánto más va a tardar ese cogotudo?! ¡Que nos de la plata así nos vamos de una vez!— gritó histérico Coco.
Carola manifestó su desacuerdo—: ¿Qué decís, Coco? ¡Este lugar es hermoso! Mirá las pinturas, los muebles, las ventanas… ¡Cuando yo sea famosa quiero vivir en una casa así de grande y linda!—
—¡Yo no aguanto más! ¡Me quiero ir ya!— insistió Coco, gritando todavía más fuerte que la vez anterior. Al recibir solo órdenes de callarse y críticas por parte de sus amigos y el mayordomo, optó por ir a sentarse un poco alejado de todos en una silla que estaba a cinco pasos de distancia. Del resto Mateo era el más callado. Después de unos segundos, fue hasta donde estaba Coco y le susurró algo –Yo también estoy aburrido, ¿Vamos a explorar la casa?
—Es imposible, Mateo. Este tipo no nos va a dejar pasar ni al baño.— respondió Coco frustrado.
—Eso dejámelo a mí— dijo Mateo con seguridad. Fue a susurrarle algo a Carola y volvió.
Inmediatamente después, ella se abalanzó sobre el mayordomo —¡Señor! Usted que trabaja para la gente rica, cuénteme: ¿Conoce algún famoso? ¿Alguna vez lo vio a Agustín Almeyda? ¡Cuénteme! ¡Quiero saber!
—¡Yo no trabajo para ningún famoso!— objetó el mayordomo.
—¡Ay, dele! ¡Seguro alguno de sus amigos sí! ¡Cuénteme, no sea malo! ¡Por favor! ¡Dele! ¿Sí? ¿Sí? ¿Sí? ¿Sí? ¿Sí?— Carolina siguió insistiéndole un rato mientras Coco y Mateo aprovecharon la distracción para pasar por la puerta de fondo del vestíbulo que daba al pasillo principal.
Una vez libres, se dedicaron a caminar por el largo pasillo y sus miles de vueltas; comentando absolutamente cada objeto valioso y foto que encontraban, hasta que vieron algo que definitivamente robó el protagonismo: en uno de los pasillos –más precisamente el último de todos, que tenía una puerta hacia el patio— vieron una mesa larga con un mantel blanco y alrededor de cincuenta cajas y sobres con regalos sobre ella.
—¡Mirá! ¡Parece que es el cumpleaños del tipo que nos va a dar plata!— dijo Mateo emocionado.
—¡Ay, no seas tarado! ¿Cómo va a ser el cumpleaños? ¡Es obvio que se está por casar alguien de esta casa! Aunque no sepas leer, te tenés que dar cuenta por el color blanco en todas partes, y las fotos de esa pareja horrible vestidos de gala.
—¡Uy! ¡Mirá! ¡Tienen una torta enorme! ¡Entre todos estos regalos no se veía!— dijo Mateo todavía más emocionado que antes. —¡Mmm…! ¡Con el hambre que tengo! ¿Comemos un pedazo?
—¡No, Mateo! ¡No es nuestra, no la toques!— ordenó Coco.
—¡No seas amargo, Coco! ¡Un pedacito nada más! ¡Mirá qué rica esta torta!— insistió Mateo mientras la tomaba por la bandeja.
—¡Mateo, dejala!— ordenó nuevamente Coco mientras la tomaba por el otro extremo de la bandeja.
—¡Es un pedacito, nada más! ¡Dejame, Coco! –insistió Mateo, intentando arrebatársela.
Mientras estaban tironeando en una pelea casi territorial sobre qué hacer con la torta, se escuchó el grito de una mujer desesperada vestida de novia —: ¡¿Quiénes son ustedes?! ¡¡¡Ladrones!!! ¡¡¡Suelten el pastel de mi boda inmediatamente y se quedan quietos ahí mientras llamo a la policía!!!—. Era María Julia junto a su mejor amiga Trinidad, una mujer con una mirada estricta, facciones perfectas, y pelo excelentemente lacio. Habían salido de uno de los cuartos de huéspedes mientras se probaban la ropa que iban a usar el gran día.
Tanto Mateo como Coco se asustaron, aunque por algún misterioso motivo Coco parecía todavía más asustado que él. En un reflejo del susto, ambos lanzaron accidentalmente el gran pastel sobre el vestido de María Julia y se quedaron petrificados sin saber que decir. –Nosotros…— empezó a decir Mateo pero fue interrumpido por un alarido escalofriante. —¡¡¡MI VESTIDO!!! ¡¡¡LOS VOY A MATAR, MOCOSOS LADRONES!!!
Inmediatamente Mateo y Coco escaparon. Mateo se fue por el otro lado del pasillo hacia el vestíbulo en el que habían estado antes, y Coco salió por la puerta del patio hacia la calle. María Julia y su amiga Trinidad decidieron perseguir a Mateo.
Cuando finalmente llegaron los tres al vestíbulo, Mateo se alegró de encontrar a Álvaro con el resto de los chicos ahí. A excepción de Coco, por supuesto.
—¡¡¡Atrapen a ese mocoso!!! ¡¡¡Quiere robarnos y encima miren lo que le hizo a mi vestido!!!— gritó María Julia sin siquiera ver quiénes estaban presentes en la habitación. Cuando se dio cuenta de lo que estaba viendo, se quedó perpleja. —¡¿Qué hacen todos ustedes acá?! ¡¿Vinieron todos juntos a robarnos?! ¡¿Es un complot infantil para destruir mi matrimonio?!
—Calmate, tía— dijo Álvaro tan pacíficamente como sus preocupaciones y su sorpresa le permitieron. –No son ningunos ladrones, yo los traje para darles un poco de plata. Igual ya nos estábamos yendo, así que no te preocupes.
—¡Pero mirá lo que le hizo a mi vestido!— exigió alterada María Julia —¡Ese chico no merece la ayuda de nadie! ¡Es un demonio!
—No exageres, tía. Son chicos. ¿Vos nunca te mandaste alguna macana cuando tenías su edad? Además, no es que a Juan Ignacio le vaya a importar mucho tu ropa, siempre y cuando tu billetera esté en perfecto estado. — dijo Álvaro con indiferencia mientras salía a la calle con los chicos.
—¡Pero, Álvaro…! ¡No te lo voy a permitir!— gritó María Julia. Álvaro hizo caso omiso y los subió a todos al auto.
Una vez dentro Julián notó algo —¿Y Coco dónde está?— dijo un poco preocupado. –Mateo, ¿No se habían ido juntos? ¿Dónde se quedó él?
—¡No sé! ¡Se fue corriendo para la calle y no volvió!— respondió Mateo.
—No se preocupen, chicos. No se olviden que Coco vivió en el puente desde mucho antes que nosotros, seguro está yendo para allá.— dijo Lucas en un tono casi paternal.
—Acá estoy— dijo Coco saliendo del espacio que había entre el asiento trasero y la superficie del auto. –Me asusté y vine a esconderme. ¿Qué hacía ahí esa mujer?— preguntó mirando a Álvaro que estaba acomodándose en el asiento delantero.
—Esa mujer es mi tía, no importa. Escuchen, les tengo buenas noticias. Ustedes precisan plata, ¿No? Bueno, les voy a dar el doble si me hacen un favor.
—¿Qué favor?— preguntaron todos al unísono.
—Lo único que tienen que hacer es pasar unos días en una casa que tengo, y hacerle creer a mi abuela que son huérfanos a cargo mío en ese hogar desde hace un año más o menos. ¿Qué les parece?
Hubo un silencio largo mientras los chicos se miraban entre sí.
—¿El doble? Es un insulto. ¡Queremos triple o nada!— dijo Lucas firmemente.
—¡Jajaja!— Álvaro dejó escapar una risa sarcástica —¿Quién te pensás que sos, enano? A mí no me vas a venir a negociar. Si ustedes no quieren hacerlo, me consigo otros mocosos que lo hagan por la mitad de lo que les ofrezco y listo.
—¿Ah, sí? Bueno, conseguite los que quieras, pero entonces dejanos bajar que vamos a ir a decirle a tu abuela lo que acabás de pedirnos.— respondió Lucas desafiante.
—¡¿Qué?!— dijo Álvaro débil.
—Lo que escuchaste.
Álvaro no podía creerlo. Estaba siendo chantajeado por unos mocosos de... ¿8, 9 años? ¡Encima huérfanos! ¡¿Cómo pudo haber caído tan bajo?! ¡Se negaba definitivamente a ceder! Pero no podía arriesgar su parte de la herencia por esto.
Después de mucho pensarlo y discutir, finalmente accedió a pagarles la suma que pedían. Las palabras en su mente no dejaban de repetirse mientras manejaba su auto: “¡Las cosas que tengo que hacer para tener lo que es mío!”, y tenía toda la razón: Álvaro Del Solar, el irresponsable, mujeriego, y eternamente fiestero de los Del Solar, iba a tener ahora, aunque sea una farsa, su propio hogar de niños huérfanos.







Espero que les haya gustado. Me interesa mucho leer opiniones ya que es la primera vez que hago algo así, si se toman el trabajo de comentar con lo que les parece se los agradecería mucho
Les dejo un link a mi blog donde voy a estar subiendo el resto de los capítulos, que en total son 26: busca-laluz(punto)blogspot(punto)com

Gracias por el espacio!

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